Make your own free website on Tripod.com

Perdido En El Tiempo

Marg Jank, misionero entre los Yanomamös de Venezuela

                                                                                        

A veces pienso en mi tío Teodoro, quien nos dijo durante nuestras primeras vacaciones del campo misionero, en 1964, que las condiciones primitivas de nuestro mundo yanomamö probablemente cambiarían dramáticamente en los siguientes 10 años. A él le gustaba viajar por el mundo y miraba con asombro las fotos que habíamos tomado. Apenas podía creer que hubiera gente que todavía vivía de esa manera en esta época moderna. Tío Teodoro podía imaginarse carreteras, proyectos gubernamentales, comerciantes, y la variedad de intrusos habituales que se trasladan a este tipo de áreas vírgenes para cambiar las cosas para siempre.

 

De alguna manera yo temía a los cambios de los que él hablaba, pensando en la vulnerabilidad de los yanomamös—su vulnerabilidad a comerciantes parlanchines, vulnerabilidad a las enfermedades de fuera, vulnerabilidad a nuestra locura civilizada. Pero, al mismo tiempo, esperaba con anticipación cambios que a lo mejor forzaran el fin del abuso contra las mujeres y las muertes por venganza que eran parte del mundo yanomamö. Quizás una probadita del mundo exterior les haría desear una forma de vida más estable...

 

Ahora, 40 años después, me doy cuenta cómo los cambios de los que Tío Teodoro habló han afectado a las aldeas yanomamö que se encuentran a la orilla de los ríos principales. Viviendas de cuatro paredes en lugar de las casas comunales abiertas. Escuelas. Puestos de salud. Ropa. Español. Un creciente conocimiento de cómo interactuar con el mundo exterior. Pero aquí, en Coyowa, tierra dentro del Orinoco, los cambios han venido más despacio. Hay un poco más de ropa y más herramientas para trabajar. Hay un poco más de comprensión acerca del valor de buscar ayuda médica más rápido. Algún interés local en aprender a leer y escribir. Menos matanzas y luchas. Pero no hay carreteras y no hay un contacto sostenido con la civilización que pudiera proporcionarles ropa, libros, herramientas o ayuda médica en nuestra ausencia.

 

Si no fuera por la perspectiva celestial, no habría cabida para el optimismo. Y el efecto de varios años de esfuerzo misionero en el área Coyowa parecería como una tenue llama que titila en medio de un gran mundo oscuro y olvidado; una llama destinada a la extinción. ¿Pero cómo se puede ser pesimista sentada a la mesa con Ricardo, Pepito, Pedro, Tedy, Trino, Felipe, Linda, Candace y otros, viéndolos absorber la enseñanza y considerando su respuesta a la verdad espiritual? Quizás las raíces de este árbol tienen que afianzarse más profundamente en la tierra, antes de que las ramas puedan extenderse hacia fuera.

 

El aislamiento hace que muchas cosas sean irrelevantes. Eladio sabe cómo manejar los números, pero todavía necesita a alguien que le recuerde que no lo sabe todo, sólo porque ahora sabe sumar y restar. Se sentó a la mesa hace unos días con una expresión de perplejidad y me preguntó que le había pasado al 18 (¿cómo respondería UD. esa pregunta?). No sabía qué hacer con tal pregunta, hasta que me explicó. “Mi cumpleaños es mañana,” dijo, complacido por haber recordado la fecha. “Pero cuando le digo a la gente en qué año nací, me dicen que voy a cumplir diecinueve. ¿Cómo pudo haber pasado eso? He tenido 17 años hasta ahora, así que ¿qué le pasó a los 18?” Buena pregunta. Y parece que no quería escuchar la respuesta obvia, que probablemente había olvidado su cumpleaños el año pasado. Se sentía como Rip Van Winkle—el más viejo del mundo.

Aquí, incluso el aprendizaje parece irrelevante. La información necesaria para vivir se adquiere naturalmente, aunque algo al azar, sin que nadie deba disciplinarse para estudiar o concentrarse, o para sacar conclusiones cuidadosas y precisas para aprender algo. Así que sobre todo es un milagro de la gracia cuando Pepito se emociona acerca de lo que ha aprendido del primer capítulo de 1 Juan. O cuando Tedy comparte las apreciaciones que ha adquirido del estudio de la historia de “la mujer junto al pozo.” O cuando Candace quiere hablarme de las cosas maravillosas que leyó en el capítulo 4 de Filipenses.

 

Una línea de la historia de Lidia, en Hechos 16.14, siempre me viene a la mente cuando pienso en estas cosas: “…el Señor abrió el corazón de ella.” Sigan orando para que el Señor abra los corazones. Que Él abra las mentes cerradas que han estado lerdas y confiadas por generaciones. Y que nosotros nos pongamos fielmente a Su disposición para que seamos usados en el proceso.

 

fin